PORQUE UN GERIATRICO


Una historia que a muchos nos toca vivir: "Papá ya no puede vivir solo..." Esta historia comienza un día cualquiera en que llegamos a casa de papá, de quien estamos muy orgullosos porque a sus casi ochenta años está tan bien, tan lúcido y vive solo. Al entrar, percibimos un fuerte olor a quemado, en la cocina vemos la cacerola al rojo vivo con los restos de vaya a saber qué frustrada comida. La primera reacción es pensar "a cualquiera le puede pasar, y con menos años". No nos gusta ver lo que hacen los años con nuestros seres queridos, aquellos que fueron grandes luchadores, de carácter firme, que siempre nos protegían cuando teníamos miedo, que nos ayudaron a madurar con sus consejos. "No, sólo tiene un mal día". Pero la realidad despiadada e inexorable trae posteriormente una seguidilla de "accidentes" parecidos y ya no podemos escaparnos. Entonces pensamos "Papá ya no está tan bien".

Es entonces cuando decidimos embarcarnos en una tarea digna de la Mujer Maravilla. Corremos de nuestra casa a su casa, de allí al trabajo, del trabajo a su casa para prepararle la cena, de allí a casa para continuar con la atención de nuestro marido, y tratar de ser madres, esposas e hijas “perfectas”. Contemplamos con resignación como poco a poco nos abandona nuestra concentración en el trabajo, vemos esfumarse esos pocos momentos en que nos ocupábamos de nosotras: adiós al gimnasio, al encuentro con las amigas. Sólo pensamos en como estará él, en qué estará haciendo.

Llamamos unas treinta veces a papá para ver si todo está bien, él nos llama otras tantas para decirnos algo así como “No encuentro las llaves” o “A qué hora venís” o “Ayer estuve solo todo el día” a pesar de que hemos estado con él. Algo más se había ido: su memoria. Hacemos enormes carteles que pegamos por toda la casa: “Horario de medicamentos”, “Cerrar las llaves de gas”, “Cerrar las puertas con llave”, todos los números de teléfono donde ubicarnos, y como igualmente persiste el temor a que no nos ubique, recurrimos a un teléfono celular o a un bipper.

A pesar de todo, no logramos estar tranquilas, los fantasmas de una caída en el baño, que lo engañen con el dinero, que deje una llave de gas abierta, nos hacen vivir angustiados y en vez de mejorar la situación, empeora. Es entonces cuando reconocemos que “Papá ya no puede vivir solo”.

Comenzamos la primera etapa, buscar a una señora que lo cuide. No debe ser ni muy joven, ni muy vieja, debe ser honesta, tener experiencia, buenas referencias, paciencia y que lo trate dulcemente. Responsable con los remedios que debe administrarle, que no lo encierre en su habitación para poder ver la novela tranquila, que no traiga extraños a la casa, etc...

Una vez que encontramos esta “Hada Azul” y pensamos que era la gran solución, por nuestro natural recelo seguimos haciendo las visitas en los horarios habituales, pero seguimos llegando sorpresivamente a cualquiera hora para comprobar que esté todo en orden. Pronto nos damos cuenta de que, además de ocuparnos de papá, ahora debemos ocuparnos de la señora.

Comienzan las quejas de papá, las quejas de la señora, nunca falta algún vecino que nos preocupa con algún comentario. Al fin, fracaso. Ya cansadas de todo pasamos a la segunda etapa. Tomamos la decisión de llevar a papá a nuestra casa.

“¿Dónde va a estar mejor cuidado?”, “¿Quién lo podrá cuidar mejor que yo?”, “Cuando yo trabajo, lo cuida la muchacha que hace tantos años está con nosotros, o los chicos cuando llegan de sus actividades... Sí, ésta es la Gran Solución”.

Papá ya está en casa y yo estoy tranquila. Pero no por mucho tiempo. No tardan en aparecer sus quejas por el volumen de la música que escuchan los chicos, porque mi marido fuma demasiado y el humo le molesta, porque dejo que los chicos “hagan lo que quieran”, porque la muchacha come mucho, porque los ruidos no lo dejan dormir, etc...

No faltan las quejas de los chicos: “Ma, el abuelo se mete en todo, está re pesado” y, por supuesto, el comentario de mi marido: “Pensá qué vas a hacer para las vacaciones, porque yo estoy agotado y quiero el descanso que me merezco, después del año que tuvimos”. La tensión va en aumento y uno en el medio, tratando de apaciguar todos los frentes.

Una mañana los gritos de la muchacha estremecen la casa. Papá había confundido el bidet con el inodoro y la toalla con el papel higiénico. Papá declara ser inocente e ignorar lo sucedido.

Es entonces cuando, con una mezcla de sentimientos de culpa y de tristeza por haber fracasado en mis intenciones, paso a la tercera y última etapa: decido informarme y recorrer distintas instituciones geriátricas, hasta que elijo la que me parece más adecuada. Al principio no fue fácil. Las quejas diarias de papá por cosas pequeñas, me angustiaban y aumentaban mis dudas de si habría tomado la decisión correcta. Había agotado la última posibilidad y pensé “Nuevamente, fracasé”.

Los profesionales me tranquilizaban diciéndome que tuviera paciencia, que era una reacción normal, que había un breve período de adaptación de las que aparecen distintas reacciones al cambio. Confieso que tenía mucho recelo y prejuicio” Tenía en la mente aquellos viejos “asilos” donde la gente mayor era prácticamente depositada y despojada de todo dignidad. Al principio iba a distintas horas; hablaba con los profesionales; observaba el trato de las asistentes, interrogaba a mi padre sobre si era bien atendido, si le gustaba la comida, etc...

Ya pasaron tres meses desde que ingresó.

Ahora que veo que está controlado por profesionales especialistas, que participa de actividades para su distracción y entretenimiento, ahora ya no siento culpas. Ahora estoy segura de que le doy la posibilidad de una mejor calidad de vida, de que ambos nos hemos adaptado al cambio, de que recuperé el tiempo para mí y mi familia, y que papá y yo disfrutamos plenamente de sus felices ochenta.


Dra. María Angélica Chacón.
Directora médica de Vida Digna – Residencia para mayores.